La tragedia no fue solo material; fue
profundamente humana, madres buscando a sus hijos entre escombros, vecinos
removiendo piedras con las manos, comunidades organizándose en medio del caos
ante la ausencia inicial de ayuda.
Esa noche, el país lloró unido; pero con
el paso del tiempo, el silencio institucional fue creciendo.
A casi una década, muchas de esas
heridas siguen abiertas, la reconstrucción prometida nunca llegó plenamente; casas
a medio hacer, obras inconclusas, barrios olvidados; el abandono por parte de
gobiernos locales y nacionales se siente en cada rincón donde la vida no logró
recomponerse.
Y
cuando parecía que el dolor no podía ser mayor, llegó otra tragedia.
Hoy, Manabí vive bajo una nueva amenaza:
la inseguridad. No solo esta
provincia, sino todo Ecuador enfrenta una escalada de violencia sin precedentes;
masacres, asesinatos, extorsiones y el control territorial del crimen
organizado han transformado la vida cotidiana.
Las muertes continúan, ya no por el
terremoto, sino por la violencia; familias que sobrevivieron a la tragedia
natural hoy vuelven a ser golpeadas por la delincuencia; historias de hogares
enteros destruidos se repiten, pero esta vez por balas, el miedo reemplazó a la esperanza.
“Antes corríamos por salvarnos del
temblor… ahora corremos por salvarnos de las balas”, cuenta un habitante,
reflejando una realidad que duele y se repite.
En medio de este escenario, donde el
abandono estatal y la violencia parecen imponerse, surgió una respuesta desde
el propio pueblo.
Lo que comenzó como una respuesta inmediata ante la emergencia, se convirtió en un proyecto sostenido en el tiempo; durante estos 10 años, “Voces Libres” se ha mantenido vigente, alcanzando ya su edición número 118. Cada publicación ha sido un testimonio vivo de la resistencia comunitaria, una crónica popular escrita desde las calles, desde los barrios, desde la memoria colectiva.
Ahí están las voces de quienes lo perdieron todo, de quienes siguen esperando una vivienda digna, de quienes denuncian la inseguridad, de quienes resisten sin apoyo; es un periodismo que no se limita a informar, sino que acompaña, visibiliza y construye memoria.
Porque mientras el olvido institucional avanza, la comunicación comunitaria se convierte en un acto de resistencia.


Infórmate
Pueblo no solo cubrió la tragedia: la transformó en
un compromiso permanente con la gente; en cada edición, en cada historia, en
cada denuncia, se sostiene la convicción de que el pueblo tiene derecho a
contar su propia realidad.
A las 18:58 de aquel 16 de abril, la
tierra cambió la historia de Manabí; pero lo que vino después el
abandono, la violencia y la lucha por ser escuchados también forma
parte de esa historia que aún se sigue escribiendo.
Hoy, entre escombros que no desaparecen
y una violencia que no da tregua, hay algo que permanece firme: la voz de un pueblo que se niega a ser
olvidado.




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